Bernard Herrmann, arquitecto del vértigo
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La película más personal de Hitchcock es un truco de magia al revés: revela el secreto a mitad de camino y aun así nos deja sin suelo bajo los pies.
En la superficie, un caso detectivesco: Scottie, retirado por su acrofobia, acepta seguir a Madeleine, la esposa sonámbula de un viejo conocido. En la práctica, Vértigo es otra cosa — una película sobre mirar, desear y rehacer a otra persona a imagen de nuestra propia pérdida.
Hitchcock filma la primera persecución casi sin diálogo: coches deslizándose por San Francisco, la música de Bernard Herrmann girando en espirales, James Stewart con el rostro de un hombre que ya cayó antes de caer. El célebre travelling compensado — el «efecto Vértigo» — da forma óptica al pánico y se volvió vocabulario universal del cine.
La audacia estructural aún asombra: la película entrega su giro con media hora de sobra, cambiando el misterio por la incomodidad de saber más que el protagonista. A partir de ahí vemos a Scottie vestir, peinar e iluminar a Judy hasta resucitar un fantasma — y Kim Novak, en el doble papel, convierte a la víctima del truco en el alma verdadera de la película.
Fracaso comercial en 1958, elegida décadas más tarde la mejor película de todos los tiempos en la encuesta de Sight & Sound: la trayectoria de Vértigo es en sí misma una lección sobre el tiempo y la reevaluación. Pocas obras dicen tanto sobre el lado oscuro del romanticismo — y sobre el propio cine, ese arte de amar imágenes en lugar de personas.
El suspense como autoanálisis: Hitchcock vuelve la cámara sobre su propio deseo y encuentra un abismo. Imprescindible — y más grande con cada visión.
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